Para empezar, sacate de la cabeza que este vino tenga algo que ver con las naranjas. Solo el ligero tono anaranjado lo une a este cítrico, y nada más.
¿De qué se trata? De un vino blanco que es elaborado al estilo de los vinos tintos: el mosto de la uva se deja macerar junto a sus pieles durante un tiempo determinado, y ese contacto “tiñe” al vino de este color tan particular, que puede ir del amarillo oro hasta un naranja intenso, pasando por distintos tonos oxidados, de acuerdo con la cantidad de tiempo que se dejaron los hollejos con el vino.
Esta técnica no es nueva, y existe desde tiempos inmemoriales, ya que no había otra manera de preservar el vino blanco para evitar su deterioro y oxidación. Con la maceración con sus pieles, el vino se carga de sulfitos naturales durante la fermentación, lo que le aporta resistencia.
Al elaborar un vino blanco de esta manera, los aromas y sabores que tendrá serán muy particulares, lo que le aporta al vino un carácter muy interesante. En nariz se encuentran aromas a frutas maduras, pieles de cítricos, hierbas aromáticas y flores blancas, así como notas de especias y frutos secos, mientras que en boca se nota un mayor nivel de taninos. Es un vino blanco potente y con fuerza, lo que permite encontrar otra escala diferente a la de los blancos clásicos.
Originalmente, el vino naranja nació donde nació el vino: en Georgia y Armenia. Allí todavía se sigue produciendo, aunque también lo elaboran otros países como España, Italia, Austria y Eslovenia. En la Argentina, el primero que se elaboró fue el Animal L’Orange 2015, de la bodega Ernesto Catena Vineyards, que es un blend de Chardonnay y Semillón. Para muchos, el vino naranja es el nuevo rosado.
Para disfrutarlos, hace falta beberlos no demasiado fríos (entre 13°C y 16°C), dejarlos que se oxigenen un rato antes de servirlos, y acompañarlos con quesos, pescados o carnes y vegetales asados.
¿Oíste hablar del vino naranja?
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