Sucede que, en ocasiones, uno no sabe cómo terminar un plato, agregarle ese quelque chose, como dicen los franceses, un “no sé qué”, el toque final. Y, un comodín muy empleado, suele ser la ciboulette, prima hermana de la cebolla.
La fortaleza de la ciboulette es que tiene un delicado sabor a cebolla, pero sin la intensidad de la misma; en ese sentido, se asemeja al echalotte. Pero, además, tiene un color verde intenso muy atractivo para decorar una salsa o plato.
Por lo general, sus tallos se usan para condimentar platos a base de huevo, como omelette y tortillas, o una buena quiche. También funcionan bien con papas. Por ejemplo, un poco de ciboulette picado puede ser una buena terminación para un puré de papas o unas ricas papas fritas caseras o papas al horno.
Puede funcionar muy bien como parte del aderezo de una ensalada, o en sopas como una crema de hongos. Además, es buena compañía para las bruschettas con algún queso crema o tomate concassé.
Algo a tener en cuenta, y esto corre para la mayoría de las hierbas frescas, es que conviene agregarlas al final de la cocción o después de que uno haya terminado de cocinar porque ayuda a conservar mejor el sabor de la hierba en cuestión.
Otra ventaja de esta aliácea es que puede conseguirse con relativa facilidad y, si uno se anima, puede plantarla en el jardín, o incluso en el cantero de un balcón, ya que es muy noble en materia de adaptación. Fresca, recién cortada, es un producto insuperable, aunque una vez lavada, cortada y secada, se puede congelar en el freezer durante un lapso de 3 meses.
¿Sos de usar ciboulette en tu cocina?
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