Hace rato que las hamburguesas salieron del espacio cerrado de las cadenas internacionales de fast food. En la actualidad, este plato se puede degustar (esa es la palabra) en distintas hamburgueserías que rivalizan entre sí por la calidad de sus preparaciones, con ingredientes de primera calidad.
Con los años, la hamburguesa se volvió sofisticada en la Argentina, a tal punto que se puede comer elaborada de carne de primera calidad, de cordero, vegana, y con los toppings más exclusivos que te puedas imaginar, tales como hongos, queso azul, etc.
Sin embargo, este fenómeno social y gastronómico, que es afín a buena parte del mundo occidental, tiene una contrapartida y son los márgenes fabulosos que algunos restaurants obtienen por vender las hamburguesas como un producto premium.
Un documental francés (“Cuando la hamburguesa se sienta a la mesa”) puso el foco sobre este aspecto poco conocido del negocio. Por ejemplo, el de un establecimiento en París que cobra 28 euros su hamburguesa, y el chef no es capaz de explicar el motivo de este precio astronómico.
“Pueden llegar a venderla hasta 8 veces el costo de la materia prima”, afirma el documental, con pruebas como la de un bistrot, donde la hamburguesa cuesta 12 euros, y su costo real, unos 1,20 euros nada más.
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