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Juegos Olímpicos: de toros enteros y potajes a platos kosher, breve historia de las comidas de alta competencia

La alimentación de los atletas olímpicos se ha modificado sustancialmente desde la Antigüedad hasta este Tokio 2020.

Es moneda corriente que los atletas de elite tengan una legión de médicos, nutricionistas y cocineros que se encarguen de administrar la alimentación según la disciplina, contextura y rendimiento que se espera de cada deportista. Es que en esos detalles puede estar la diferencia entre la medalla de oro y la eliminación. Pero no siempre fue así.

En los primeros Juegos Olímpicos, que se celebraban en la Grecia Antigua, la comida diaria consistía en pan o potajes de cereales y legumbres con guarniciones como aceitunas, verduras frescas, higos secos o queso y mucho pescado.

Para poder desempeñarse correctamente, los atletas tenían que ingerir suficientes proteínas para hacer crecer sus músculos. Debido a que los deportistas eran en su mayoría pudientes, podían permitirse alimentos más caros que otros, inclusive carnes rojas, alimento que se comía solo ocasionalmente, principalmente en las fiestas posteriores a un sacrificio.

Eurípides criticó los hábitos alimenticios de los deportistas a los que describía como glotones. Se contaba que atletas famosos como Milon y Theagenes, llegaron a comerse un toro entero en un solo día. La queja se dirigía principalmente a deportistas de combate. Debido a que no había categorías de peso, los pesos pesados ​​tenían una clara ventaja, tal como sucede con los luchadores de sumo. Pero, por otro lado, los corredores no estaban en forma si comían demasiado.

Las cosas comenzaron a cambiar con los Juegos Olímpicos modernos, creados por el barón Pierre de Coubertin. En un trabajo realizado por la investigadora Fiona E. Pelly, la autora cuenta que, en Atenas 1896 “los servicios de aprovisionamiento de comida estaban reservados sólo a los dignatarios y diplomáticos, y los atletas se tenían que procurar su propia comida. Algunos atletas se rehusaban a comer la noche antes de la competencia. Algunos llegaban a consumir el vino retsina, y no tenían agua disponible durante la competencia”.

Para los Juegos Olímpicos de París 1924 ya se contaba con un servicio de comedor donde los participantes que querían se surtían de pan, manteca, mermelada, jamón, huevos, carne, pescado, verduras, queso, fruta, vino, cerveza y agua mineral, aunque la vivienda corría por cuenta de cada uno.

Eso se solucionó en Los Ángeles 1932, con la creación de la primera Villa Olímpica, que también tuvo servicio de comedor que elaboraba menús estándar con algunas variaciones según el requerimiento específico de algún país.

Posteriormente, en Berlín 1938, el Comité Olímpico comenzó a prestar atención a los suplementos dietarios debido a los riesgos de dóping, mientras que luego de la Segunda Guerra Mundial, en Londres 1948, tuvo que brindarse un permiso especial para hornear pan debido al racionamiento existente, secuela de las necesidades de posguerra que asolaban Europa.

En México 1968 se hizo lugar a la cocina mexicana en la carta, mientras que en Melbourne 1956 se contempló la cocina kosher. La diversidad cultural de los menús poco a poco se fue contemplando, aunque fue recién en Munich 1972 “cuando verdaderamente se integró la ciencia de la nutrición en los menús pre, durante y post entrenamiento, donde se daba especial énfasis a los carbohidratos, un grupo de alimentos hasta entonces poco considerado para el rendimiento”, según cuenta Pelly.

En estos días, en Tokio 2020, conviven menús de los más variado divididos entre cocina occidental, japonesa y la asiática, con platos que se adaptan a las diferentes religiones y a aquellos atletas que tienen restricciones alimentarias.

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