Así como la derrota es huérfana, la victoria tiene muchos padres. Es lo que sucede con el tiramisú, uno de los postres italianos más celebrados a lo largo y ancho del planeta.
Se dice que sus orígenes se remontan a principios del siglo XVIII, cuando los pasteleros de Siena prepararon un dulce en honor al gran duque Cósimo III de Medicis, posteriormente conocido como “la sopa del Duque”.
Los ingredientes básicos eran una calórica de bizcochos savoiardi, queso mascarpone, azúcar, huevo, licor, café y cacao.
Sin embargo, el asunto de los Medicis no pasa de la leyenda, y todas las fichas se las lleva un tal Ado Campeol, también llamado “el padre del tiramisú”, quien murió este sábado 30 de octubre.
El hombre era propietario del restaurant Alle Beccherie, en Treviso, cerca de Venecia. Se sabe que fue en su casa, gracias a la intuición de su mujer, donde se creó el postre, en la década de 1970.
De hecho, la Academia Italiana de Cocina lo ha certificado oficialmente.
Lo más gracioso es que el postre habría nacido a partir de un error. Parece ser que Alba, la mujer de Campeol, estaba haciendo helado de vainilla junto a Roberto Linguanotto, su jefe de cocina.
A Linguanotto se le cayó un poco de queso mascarpone en un cuenco donde había huevos y azúcar, y cuando notó el agradable sabor de la mezcla, le avisó a Alba.
La pareja perfeccionó el postre con vainillas empapadas en café y espolvoreándolo con cacao. Y lo llamaron “Tireme Sù”, que en castellano significa, “levántame”.
En el año 1981, la creación apareció en una revista gastronómica del Véneto y en poco tiempo alcanzó el estrellato culinario. Hay variantes que incluyen Marsala, pero no la original, ya que apuntaron a crear un postre para chicos.
Pero como dicen los abogados cuando las opiniones jurídicas están divididas, “la doctrina no es pacífica”.
Porque hay un segundo en discordia llamado Arturo Filippini, dueño de Toulá, una cadena que se volvió famosa en toda Italia a partir de los años ’60, y que asegura haberlo probado por primera vez en un burdel del Véneto, a fines de 1950.
Dice Arturo que lo llevó a sus restaurants y que de allí se esparció a toda Italia.
Como sea, la gloria se la llevó Ado Campeol, hoy reconocido como el creador del célebre postre.
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