En el universo de la repostería argentina, el palo Jacob emerge como un tesoro poco conocido pero profundamente apreciado.
El palo Jacob tiene sus raíces en Francia y llegó a las cocinas humildes de la Argentina rural, donde las recetas se transmitían de generación en generación como tesoros familiares.
Este tipo de masa llamada éclair en Francia desembarcó en Argentina con la inmigración de ese país, menor a los italianos y españoles, pero presente a principios del siglo XX.
Actualmente, hay una pizzería de las tradicionales de Buenos Aires que rescató la receta y lo ofrece en su menú junto a las media masas de muzarella, las fainás y los balones de cerveza. Se trata de Burgio, que reabrió tras la pandemia en el barrio porteño de Belgrano, su local tradicional.
Se dice que el nombre palo Jacob proviene de la combinación de elementos simples y abundantes: “palo” haciendo referencia a la forma alargada del postre y “Jacob” como una evocación de la figura bíblica.
La preparación del palo Jacob empieza con una masa básica de harina, manteca y azúcar. Esta masa se extiende luego en una fina capa, lista para recibir el corazón dulce de la preparación.
El relleno del palo Jacob es el alma misma de este postre. Una mezcla de dulce de leche, nueces picadas y ralladura de limón se extiende sobre la masa.
Con el relleno distribuido de manera uniforme sobre la masa, llega el momento de dar forma al palo Jacob. Con cuidado y precisión, la masa se enrolla en un cilindro apretado. Una vez formado, el palo Jacob se coloca en el horno, donde adquiere su característico color dorado.
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